jueves, julio 16, 2009

¿Qué es el Problema de Gettier? | El Cedazo

¿Qué es el Problema de Gettier? | El Cedazo

La parte de la Filosofía que estudia todo lo referente al conocimiento en general, su alcance, su naturaleza, su origen, etc. se llama Gnoseología (o también “Teoría del Conocimiento”). La pregunta por ¿qué es el conocimiento?, nació junto con la propia Filosofía y ha sido tratada por los más célebres pensadores de toda la historia.

En una de sus obras, llamada “Teeteto”, Platón narra una discusión entre Sócrates y Teeteto, en la que debaten sobre qué es el conocimiento. Allí se explica que la única forma de entender este concepto sin caer en ambigüedades, es definirlo como una creencia verdadera y justificada. Y aunque parezca difícil de creer, esta definición se mantuvo plenamente firme durante toda la historia –claro que surgieron variantes, desarrollos y demás; pero a ésta se la aceptaba como “la definición clásica”–, hasta que en el año 1963, el filósofo estadounidense Edmund Gettier desarrolló unos contraejemplos que intentaron demostrar que esta forma de entender el conocimiento no es completa. A estos contraejemplos o experimentos mentales se los denomina como Problemas de Gettier.

Gettier publicó un artículo muy breve con el título de “Is Justified True Belief Knowledge?” (“¿Es Conocimiento la Creencia Verdadera y Justificada?”), que le valió el reconocimiento y prestigio internacional. El impacto que tuvo ese célebre artículo fue tremendo, ya que con unas simples consideraciones que a primera vista pueden parecer ingenuas, demostró que una creencia verdadera y justificada puede resultar no ser conocimiento; lo que, obviamente, generó una amplísima polémica. Al final de la entrada voy a dejar un enlace al artículo y a una traducción al español. Ahora veamos despacio de qué se trata todo esto.

Supongamos que definiéramos al conocimiento simplemente como una creencia. Por ejemplo, si yo creo que ayer llovió, afirmo como consecuencia que tengo el conocimiento de que ayer llovió. Es fácil ver que esto no es consistente, ya que si estoy equivocado y mi creencia es falsa, no puedo aseverar que tengo un conocimiento. Si ayer no llovió, por más que esté convencido (falsamente) de que sí, esta creencia evidentemente no es conocimiento.

Entonces mejoremos un poco la definición así: el conocimiento es una creencia verdadera. Por ejemplo, si yo creo que ayer llovió y efectivamente así fue, sostengo por lo tanto que mi creencia es ahora un conocimiento. Pero aún así, esta forma de definir el conocimiento no sirve. Para ver por qué, más claramente, supongamos que arrojo un dado y que tengo la creencia de que va a salir el número uno. Imaginemos que, en efecto, sale el número uno. Mi creencia es entonces verdadera, pero no puedo afirmar que tenía el conocimiento de que saldría el número uno. Sí; mi creencia fue verdadera, pero por mero azar. Y en el caso de la creencia de que ayer llovió, yo pude haberla propuesto por instinto, y de hecho pudo ser cierta –por casualidad–; pero es evidente que mi creencia, aunque verdadera por azar, no constituye conocimiento firme.

De esta manera, la única forma (según se explica en el Teeteto) de que una proposición constituya conocimiento es que sea una creencia verdadera y además justificada con evidencia. Veamos. Sigamos con el ejemplo anterior pero agreguémosle algo más. Supongamos que Sócrates tiene la creencia de que ayer llovió y que tiene evidencia firme que lo justifica –como por ejemplo, que él mismo fue empapado por la lluvia–, por lo que la creencia es verdadera y justificada. Ahora sí podemos afirmar que él tiene conocimiento de que ayer llovió.

Se entendía que estas tres condiciones –creencia, veracidad y justificación– son necesarias y suficientes. Necesarias, porque solamente cuando todas ellas son válidas podemos hablar de conocimiento. Suficientes, porque basta con que sólo se verifiquen esas tres, y no se necesita nadas más.

Todo era fantástico; nadie encontraba ninguna falla a esta definición, hasta que apareció el sin duda perspicaz Gettier, aunque algunos señalan que fue Wittgenstein quien había incitado antes el problema que sugiere esta forma de entender el conocimiento. De todas formas, fue Edmundo Gettier quien desarrolló unos célebres contraejemplos lógicos brillantemente sencillos y reveladores, que comprometen a la concepción tripartita del conocimiento, que estuvimos viendo.

El ejemplo que voy a poner aquí no es literalmente el mismo que el de Gettier, pero la estructura lógica –que es lo que nos interesa– permanece intacta. Igualmente, luego puedes leer el original.

Imaginemos que Platón se encuentra cara a cara con Gettier. Platón ha observado claramente que Gettier tiene un calzado color carmesí, y por otro lado ha corroborado rigurosamente que Gettier recibirá un reconocimiento, por parte del pueblo, por su gran labor como pensador. Es decir, Platón está justificado en afirmar:

(a) Gettier tiene calzado color carmesí y Gettier recibirá un reconocimiento por su labor como pensador.

De la proposición anterior, Platón infiere lo siguiente:

(b) El hombre que tiene calzado color carmesí recibirá un reconocimiento por su labor como pensador.

Atendamos a esto. Platón está totalmente justificado en aceptar a (b) como verdadera, a partir de los fundamentos que establece (a), para los cuales tiene, como vimos, evidencia firme.

Pero supongamos que, a último momento, y sin que Platón lo sepa, el pueblo decide destinar el reconocimiento a Platón y no a Gettier. Imaginemos, además, que Platón también tiene un calzado color carmesí, aunque en ningún momento se percató de ello pues no tenía importancia. Entonces, vemos que la proposición (a) es falsa, mientras que (b) sigue siendo verdadera. Aquí llegamos al quid de la cuestión. Platón tiene la creencia verdadera y justificada de que (b) y no por ello podemos decir que tiene conocimiento de que (b). En otras palabras, la proposición (b) cumple todos los requisitos necesarios para ser considerada conocimiento: es totalmente verdadera, Platón cree en ella y está justificado para hacerlo, pero vemos claramente que él no ‘sabe’ que (b), ya que la ha formulado en virtud de que era Gettier quien tiene calzado color carmesí, y que era también Gettier quien recibiría el reconocimiento.

Sí; yo también puse esa cara la primera vez que leí este argumento, pero adentrándonos un poco más veremos que el asunto es más profundo y complejo de lo que parece. Los problemas de Gettier tienen dos puntos o supuestos importantes, de los que el propio estadounidense hace mención en su artículo. Éstos son:

  • La evidencia y el razonamiento por el cual justificamos una creencia puede implicar inequívocamente que esa creencia sea verdadera, aunque de hecho no lo sea. Es decir, es posible justificar algo falso.
  • Si se acepta una creencia verdadera y justificada, también se acepta como verdadera y justificada otra creencia que derive o esté implicada por la primera.

Estos puntos fueron los que abrieron la polémica, y que, entre otros, se convirtieron en foco de discusión y críticas. Siguiendo con el ejemplo anterior, Platón está infiriendo una conclusión correcta (que un hombre con calzado color carmesí recibirá un reconocimiento), a partir una premisa errónea, aunque cierta en un principio (que Gettier usa calzado color carmesí y que Gettier recibirá un reconocimiento). Esto significa que su justificación falla, pero existe; y sólo eso es lo que se requiere para conformar conocimiento: que exista una justificación, según la definición tripartita. Entonces, para evitar toda esta dificultad, sería necesario que la justificación también sea totalmente verdadera y así poder hablar de conocimiento. Pero de este modo, necesitaríamos una justificación para la justificación, y una justificación para la justificación de la justificación, ad infinitum.

Tales son las dificultades que suscitan los contraejemplos de Gettier, sobre la “definición clásica” del conocimiento (que desde ahora voy a abreviar como CVJ). Pero las consideraciones anteriores no sugieren que la concepción CVJ no sea necesaria para constituir conocimiento, sino que, en última instancia, no es suficiente, esto es, que hace falta alguna condición más, o la sustitución de alguna de las que ya está por otra mejor.

Claro que también están los de la opinión de que no hay que tocar nada en la definición CVJ, sino que el problema radica en una confusión de conceptos por parte de Gettier, y que en realidad no existe paradoja alguna. Los filósofos que sostienen esta postura dicen que en los contraejemplos de Gettier, de hecho, no se cumplen las tres condiciones requeridas en la definición CVJ. Los argumentos son diversos, y algunos son más o menos consistentes que otros; por ejemplo se propuso que como en (a) no se cumple la condición de veracidad, todo razonamiento posterior no tiene nada que ver con, ni compromete a, la concepción del conocimiento CVJ. Esto quiere decir que Gettier no habría encontrado una proposición que contradice tal definición, sino una proposición derivada, o sea (b), (aunque inferida correctamente) que resulta ser ambigua. Ambigua porque no especifica el sujeto al que se refiere: no sabemos si se trata de Platón, de Gettier, o de otra persona, quien tiene calzado color carmesí y recibirá el reconocimiento.

Pero este argumento no se aplica a otros ‘problemas de tipo Gettier’ –propuestos más adelante, por otros filósofos y lógicos– que tienen una estructura lógica diferente a la del ejemplo de arriba, pero que aún así sugieren que una creencia verdadera y justificada puede no ser conocimiento. Por ejemplo, Alvin Goldman propuso en 1976 otro interesante contraejemplo, que básicamente dice así:

Imaginemos que en una alejada región, existe una carretera en la que conduce Sócrates con su automóvil. Hacia los lados derecho e izquierdo, él observa una gran cantidad de lo que parecen ser graneros. Pero lo que Sócrates no sabe, es que esos graneros son en realidad fachadas de cartón, que están ahí digamos como decorado para una filmación. Desde la carretera, esos graneros de cartón son totalmente indistinguibles de los graneros de verdad. Si Sócrates llegara a afirmar que tiene el conocimiento que allí hay graneros, sería mentira, ya que no se cumple la condición de veracidad, aunque él crea y esté justificado para hacerlo. Pero supongamos que Sócrates señala un granero al azar que, por casualidad, sí es un granero auténtico, el único verdadero que hay, y dice la siguiente afirmación:

(c) Ahí hay un granero.

En este caso concreto, su creencia es verdadera y está firmemente justificada. Sin embargo ¿podemos afirmar que Sócrates sabe que ahí hay un granero? ¿Estamos ante un caso de conocimiento? Atendamos a que él hubiera dicho lo mismo, de haber elegido cualquier otro granero. De esta manera, Goldman presenta otro caso en donde se cumplen las tres condiciones de la definición CVJ y sin embargo no parece tratarse de conocimiento propiamente dicho. Lo que hay que rescatar de este contraejemplo es que, a diferencia del caso de Platón y su calzado, la proposición (c) no se infiere a partir de una premisa falsa. El observar al granero elegido representa una justificación verdadera para afirmar que (c).

Los filósofos que sostienen que la definición CVJ es incompleta, se preguntan entonces ¿qué condición hace falta agregar para constituir conocimiento? Respuestas hay de todos los tipos y para todos los gustos; y ninguna está libre de algún intento de refutación. La principal modificación posible, gira en torno a la condición de justificación. ¿Cuándo algo está realmente justificado? Una de las propuestas que ha recaudado varios partidarios, es la de introducir el principio de causalidad (que dice que a todo efecto precede una causa) del siguiente modo: una creencia se convertiría en conocimiento, si esta creencia está apropiadamente causada por aquello que hace que sea verdadera.

Por ejemplo, en el caso de Platón y su calzado, la creencia (b) (que “el hombre que tiene calzado color carmesí recibirá un reconocimiento por su labor como pensador”) es verdadera y está justificada, pero la razón por la cual Platón la cree no está causada por aquello que hace que sea verdadera. Es decir, Platón no la cree porque vio su propio calzado y porque el pueblo le dijo que le otorgaría a él un reconocimiento, sino por otra causa (que es que Gettier es el sujeto al que se refiere la proposición). De esta manera, se demostraría que esta definición que involucra la causalidad, explica mejor qué es el conocimiento, que la concepción CVJ.

No obstante, este argumento se ve comprometido por el contraejemplo de Goldman, de los graneros. Observemos que la creencia (c) (que “ahí hay un granero”) está causada por el hecho que hace que sea verdadera: que es que ahí hay un granero. Y por otro lado, este argumento de la causalidad recibió también fuertes críticas por quienes defienden a la definición clásica. Por ejemplo, si aceptamos que una creencia sólo se convierte en conocimiento luego de que exista una causa que la verifique, no podremos afirmar que las predicciones científicas y las verdades matemáticas son conocimiento. Por ejemplo, en la proposición: “1 + 2 = 3”, ¿de dónde hallamos una causa para creer que es verdadera? De tal manera, esta solución para los problemas de Gettier no se considera completa. Pero también, persiste la opinión de que dichos problemas en realidad no constituyen una amenaza a la definición clásica, sino que más bien son malinterpretaciones de los conceptos de creencia, veracidad y justificación.

Lo cierto es que los problemas de Gettier abrieron y enriquecieron enormemente los debates e investigaciones filosóficas sobre la cuestión de qué es el conocimiento, cuestión que aún hoy está exenta de consenso y que sin duda alguna nos involucra a todos nosotros, como seres pensantes que somos.


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