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6 jun 2009

¿Qué significa ser escéptico? | El Cedazo

¿Qué significa ser escéptico? | El Cedazo
Quizás no sea una palabra demasiado afortunada para representar lo que en verdad significa. O quizás sea su escasez en nuestra sociedad la que hace que pierda su significado. En cualquier caso, al escuchar, al ver o al leer lo que nos brindan los siempre amados medios de información, nos topamos con un desolador desafío: ¿en qué creer y en qué no?

Es alarmante el crecimiento de la difusión de pseudociencias, falacias, y demás disparates que atentan contra el futuro de nuestra sociedad (por no decir de la especie humana). Creo, pues, urgente detenernos a reflexionar sobre esto y empezar a tomar medidas. Por supuesto que no soy el primero, ni seré el último, pero no me sentiría feliz no habiendo hecho mi (modesto) aporte.

Casi irónicamente, la falta de escepticismo conduce a que la palabra escéptico sea malinterpretada. El hombre escéptico es visto (precisamente por el no escéptico) como aquel “reacio a aceptar nuevas verdades”, de “mente cerrada”, “que no cree nada”, y con otros adjetivos despectivos. Aquel que así lo piense no tiene la menor idea de lo que significa ser escéptico. La actitud escéptica no consiste en negar afirmaciones inconsistentes, como por ejemplo “anoche escuché un zumbido que muy posiblemente provino de un platillo volante extraterrestre”, sino en dudar, en examinar argumentos, en buscar evidencias, en no aceptar nada sin previo análisis, con el sólo afán de hallar conocimiento firme. El escepticismo no es un capricho; es una forma de vida.

Pero lo lamentable es que en nuestros tiempos, a parte del hidrógeno, hay otro elemento que sobreabunda — los charlatanes. Personas que promueven la desinformación, la desculturización, la deshumanización, que se regocijan a costa de la credulidad, ingenuidad y falta de pensamiento crítico por parte de la gente, y que al mismo tiempo visten de traje y atraen multitudes con palabras sabrosas. Sin embargo, ¿qué mejor que me digan lo que yo quiero oír?, ¿qué mejor que leer a quienes apoyan mis creencias e ignorar a quienes se contraponen? ¡Qué agradable sensación! No, esa actitud no conduce ningún lado. Eso sí es tener una “mente cerrada”.

Las falacias, pseudociencias, y manipulaciones de pensamiento no tienen hábitat particular; están en todas partes: en la radio, en la televisión, en periódicos, en libros, en conferencias, en la calle, en el hogar, y nosotros las repetimos o efectuamos corrientemente sin detenernos un momento a reflexionar sobre su coherencia y consistencia. Y lo peor es que aparentan ser verdades tan obvias que las hacemos parte de nuestra vida. Sé que estoy describiendo el caso extremo, pero asimismo consideremos algo más blando: la publicidad comercial.

Según el comerciante, el producto que ofrece es sensacional, tiene el mejor precio y es la opción más inteligente que el comprador puede elegir. ¡No posee desventaja ni inconveniente alguno! El buen comerciante alimenta a sus posibles compradores con palabras de gozo y satisfacción, logrando en el atónito cliente una sensación de ansias de poder. Un poder que sólo puede conseguir adquiriendo el producto. Ante estas circunstancias, alguien más despierto se para y dice “¡momento!, ¿qué me está ofreciendo este señor?, ¿qué ganaría él, vendiendo un producto tan fantástico a tan bajo precio?, ¿realmente necesito esto?”. La actitud escéptica está en cada persona por naturaleza, pero hay que desarrollarla.

Es muy poco común que en casos como el anterior —que más que nada es una fábula ilustrativa— el sometido se ponga en el lugar del dominante, es decir, que el ‘comprador’ se ponga a reflexionar tal si fuera el ‘comerciante’, con el objeto de desentrañar sus intensiones y arremeter de forma más adecuada. Ésta es una herramienta tan valiosa como escasa, cosa que usted puede comprobar.

Ante cualquier argumento que escuchamos o leemos, por más evidente o agradable que luzca, es conveniente desmenuzarlo y analizarlo detenidamente. ¡¿Qué?! ¿Y por qué me tengo que tomar yo la terrible tarea de pensar? ¿No es más fácil dejarse llevar por el instinto? ¿No es más fácil que otros piensen por mí? Hasta este punto está llegando nuestra sociedad. Ante la pregunta ¿en qué creer y en qué no?, la mente tiene programado un procedimiento automático que es necesario reconocer y desterrarlo, que es el siguiente:

Si la creencia favorece la intención con la que uno se ha hecho la pregunta, entonces debe ser verdadera, y si no la favorece entonces debe ser falsa. En otras palabras, si la creencia en cuestión puede resultar provechosa o beneficiosa para nuestra vida, entonces se tiende a afirmar que debe ser verdadera, y si es incómoda o complicada se tiende a sostener que es falsa. Esto, desde luego, es un error tremendo, y lo preocupante es que lo llevamos a cabo a cada momento sin percatarnos de ello.

Un ejemplo exagerado: “la noche pasada vi una extraña luz en el cielo, ¿habrá provenido de una fuente extraterrestre? Me parece muy factible que sí”. Veamos cuál es el razonamiento. La pregunta consiste en si la extraña luz pudo provenir de una fuente extraterrestre. Si la respuesta fuese no, sería algo muy frustrante y decepcionante, por lo que esta respuesta debe ser falsa. Si en cambio la respuesta fuese sí, sería algo muy emocionante y excitante, y en consecuencia es mejor que esta respuesta sea verdadera. Es decir, si en las circunstancias descritas uno se hace la pregunta “¿habrá provenido de una fuente extraterrestre?”, lo está haciendo con la intención de encontrar una respuesta afirmativa, sino ¡qué injusta sería la vida!, ¿no?

Otro ejemplo menos exagerado: en la antigüedad se creía que nuestro planeta era el centro del Universo. Después apareció Copérnico con la teoría heliocéntrica (que en realidad era de Aristarco de Samos), diciendo que nuestro planeta no tenía nada de especial, sino era uno más entre tantos, girando en torno al Sol. ¿Cómo fue tomada esta proposición? Evidentemente, que nuestro planeta sea uno más, sin nada de especial, es algo nada agradable, muy desafortunado, por lo que la teoría heliocéntrica debe ser falsa. Que, en cambio, nuestro planeta sea el centro del Universo, es muy reconfortante, nos da la sensación de poder, de autoridad, etc. y por eso es mejor que esta proposición geocéntrica sea verdadera. ¡Qué decepcionante sería si sólo fuéramos un planeta más!

Después de examinar estos dos ejemplos falaces, creo que se habrá entendido a dónde apuntaba antes. La tarea del científico es hallar conocimiento firme por medio de la evidencia fundamentalmente, sin importar si nos convienen o no las conclusiones que obtengamos. En el siglo pasado, por ejemplo, los físicos tuvieron que convivir con una ingente cantidad de conclusiones incómodas que contradecían toda intuición, durante el desarrollo de la teoría de la relatividad y de la mecánica cuántica, y no por eso abandonaron su labor, si no todo lo contrario. Esta actitud es la que necesitamos.

Por eso, conviene tener muy en cuenta las diferencias de razonamiento entre el científico y el pseudocientífico (ufólogos, parapsicólogos, y demás charlatanes), para identificarlos fácilmente:

El pseudocientífico identifica (o inventa) un fenómeno y formula una hipótesis (muy bonita, por cierto) que intenta explicarlo. Todo lo que hará el pseudocientífico desde este momento y por el resto de su vida, será defender su hipótesis, sin someterla a prueba, y buscando argumentos alternativos para explicar las posibles refutaciones que aparecieran. Es decir, su hipótesis es irrefutable: no puedes luchar contra él; él tiene la razón y punto.

En cambio, cuando el científico observa un fenómeno o detecta algún problema con explicación desconocida, formula una hipótesis (sea muy bonita o desagradable) para intentar justificarlo. Inmediatamente después, el científico hará todo lo posible por intentar refutar su propia hipótesis (sí, refutarla) sometiéndola a distintas circunstancias pertinentes, y en caso de no conseguir ninguna experiencia que la contradiga, y que la totalidad de los experimentos la apoyen, esta hipótesis se convertirá en Teoría. De lo contrario, en caso de encontrar algún experimento que la refute, la actitud del científico será la de aceptar la ineficiencia de su hipótesis y buscar otra que se ajuste mejor a la realidad.

Note la riqueza y lo mucho que nuestra sociedad debe aprender de la actitud científica. Pero hay una cosa que quiero aclarar de lo anterior. Existe un mito casi pandémico sobre la palabra Teoría. Doy un ejemplo clásico: “La teoría de la evolución de Charles Darwin mostró que las especies provienen de ancestros comunes” a lo que se le suele responder: “¡Ah, pero eso es tan sólo una teoría!” Francamente, no sé qué es lo que entienden por “teoría” quienes responden de esa manera, pero me parece que se confunden con el término de “hipótesis”. Una teoría no es un invento divagatorio que pretende explicar algo, sino una hipótesis comprobada o fundamentada por evidencia firme. Claro que una teoría no es la última palabra, pero es el modelo más consistente y que mejor se ajusta a la realidad; de eso se trata la ciencia.

Pero lo preocupante es que la industria de la desinformación no descansa, y cada día ataca con nuevas armas. La astrología, la ufología, la medicina alternativa, la parapsicología, etc., etc., son recibidas con los brazos abiertos y gran gratitud, ya que ofrecen un paquete de soluciones mágicas y tan fantásticas que sería necio no aprovecharlas. Y peor es cuando se difunden a tal magnitud, que hay quienes empiezan a mirar con malos ojos a la ciencia. ¿Se da usted cuenta de lo grave que es esto? ¿En qué acabará nuestra sociedad? ¿En qué acabará la humanidad?

La belleza de la ciencia es infinita; no porque ofrezca todo tipo de soluciones mágicas, sino por su magia; no porque nos dé todas las respuestas, sino por sus preguntas; no porque sea un trabajo cuadrado y cerrado, sino porque abre fronteras; y no porque ambicione perfección, sino porque orgullosa está de su incompletud.


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27 may 2009

Mundo Neandertal: Los primeros pasos en América

Mundo Neandertal: Los primeros pasos en América

Quinientos años atrás los europeos se encontraron con un continente del que no tenían noticias y que tampoco se imaginaban. Lo más extraño es que esa inmensa cantidad de tierra estaba habitada por lo que parecía ser gente. ¿Por lo que parecía ser gente? ¿Eran animales? Los europeos se tomaron su tiempo en reconocer a los indígenas americanos, esas “nuevas” culturas como seres humanos, pero cuando lo hicieron, comenzaron a preguntarse cómo habían llegado a ese continente olvidado. Es la pregunta que hoy en día se siguen haciendo los antropólogos.

Lo que se conoce como el “Poblamiento de América” presenta una serie de problemáticas: una es cómo llegaron, otra es cuándo lo hicieron, y la tercera es cómo llegaron a poblar todo el continente. Desde los viajeros europeos del siglo XVI hasta los arqueólogos de la actualidad, todos aportaron a un debate sobre cuestiones que, en principio, se evidencian más complejas de lo que se pensaba siglos atrás.

ANTIGUAS TEORIAS

El principal problema en el siglo XVI era que en la Biblia no se hablaba de esta gente “nueva”, los hijos de Noé no habían ido a ningún continente en medio del Atlántico. Recién en 1537, 55 años después del “Descubrimiento”, el Papa decretó que se los debía reconocer como humanos.

Así empezaron a desfilar ideas tales como que eran judíos de las diez tribus perdidas, o descendientes de algún hijo perdido de Noé. También se barajó la posibilidad de que los primeros americanos fuesen algunos extraviados, como por ejemplo fenicios, romanos o soldados de Alejandro Magno, que navegando hacia algún sitio habrían llegado, sin querer, a América.

Pero ya en 1590 se esbozó la primera explicación racional sobre el Poblamiento de América: el jesuita J. De Acosta ya en aquellos tiempos suponía que habían llegado desde Asia, y por el norte, en una época en que era poco lo que se sabía sobre el continente. Con alguna de las principales sociedades científicas constituidas como tales, el siglo XIX enarboló una serie de teorías que apoyaron sobre la idea de que el hombre llegó a América atravesando el Estrecho de Bering.

BERINGIA Y LAS GLACIACIONES

Las teorías científicas más recientes coinciden en que aquellos hombres cruzaron el estrecho que separa Asia de América hace varios miles de años, pero no navegando sobre el mar, sino caminando por tierra. Una tierra que hoy está cincuenta metros bajo el agua. Se trata de lo que los geólogos llaman Beringia, una región que habría quedado expuesta cuando el nivel del mar bajó gran cantidad de metros en épocas de mucho frío.

Esas épocas de frío extremo son conocidas como glaciaciones, y se caracterizan por haber acumulado grandes cantidades de agua congelada sobre los continentes. Eran inmensas masas de hielo, super glaciares, no que poco tienen que ver con los cada vez más derretidos de hoy en día.

Esa lengua de tierra, que quedó expuesta por la bajada del mar, tenía unos 1500 kilómetros cuadrados y unía Siberia (Asia) y Alaska (América). No era un simple corredor, sino una gran llanura de clima templado y un ecosistema similar a la Patagonia actual. O sea, casi idéntico al medio ambiente de la época en Siberia, de donde vinieron los primeros pobladores.

Este “puente” de Beringia emergió sólo durante los períodos de más frío, que se dieron hace unos 35 mil años atrás, y otro más reciente entre 22 y 10 mil años atrás. Lo cual funcionó como base para dos teorías actuales sobre el Poblamiento de América, la larga y la corta: o llegaron hace unos 30 mil años, y se dispersaron por el continente a lo largo de miles de años, o lo hicieron hace unos 15 mil años, y con una velocidad increíble llegaron hasta Tierra del Fuego, donde la presencia humana más antigua está datada en siete mil años atrás.

Pero como decíamos antes, cuando Beringia estaba emergida era época de glaciaciones, y todo lo que hoy es Alaska y Canadá estaba cubierto por inmensas masas de hielo. Para lidiar con este problema hay otra vez dos hipótesis: una es que sortearon los hielos descendiendo al sur por las costas, que sí estaban disponibles para el paso, y tenían fauna, flora y clima benignos.

La otra es que un corredor libre se habría formado entre las dos masas de hielos del Norte de América, una en Alaska y otra en Canadá. Ese pasaje tendría unos 25 kilómetros de ancho, con un clima y ambiente tórridos. Se estima que podría haberse generado cuando las temperaturas ascendieron un poco, entre 14 mil y 11 mil años atrás.

También se supone que los primeros americanos habrían vivido sobre el “puente” de Beringia durante varios miles de años, y que habrían pasado al continente con la aparición del “corredor”. Pero esta hipótesis no es la más aceptada en la actualidad.

EL CONSENSO DE CLOVIS

Hay dos grandes posiciones contrapuestas sobre cuándo y cómo se pobló América. Una es la llamada Consenso de Clovis (apodada dictadura de Clovis) que dice que los primeros pobladores habrían arribado hace unos 15 mil años por Beringia y por el corredor. Estos habrían originado a los paleoindios, cultura representada por herramientas líticas en el famoso yacimiento arqueológico de Clovis y otros más de América del Norte que como muy antiguos llegan a los 13 mil años.

Estos paleoindios se habrían ido dispersando por el resto del continente, dando lugar a culturas tan diferentes como los aztecas, mayas, incas, mapuches y selknam de Tierra del Fuego. Pero la otra posición sale al cruce desechando los supuestos del Consenso de Clovis porque no se sostienen si se toman en cuenta los yacimientos arqueológicos de América del Sur.

Existen evidencias de hace 7 mil años en Tierra del Fuego, 13 mil años en Piedra Museo y 12 mil años en Los Toldos, ambos en Santa Cruz. Y el yacimiento más antiguo de toda América está en Monte Verde, Chile, con 14 mil años. Hay de 12 y 13 mil años en Perú y Venezuela. En México, hay yacimientos aceptados de unos 13 mil años, y otros más controvertidos con 20 mil (Tlapacoya). En Estados Unidos no pasan de 13 mil años de antigüedad.

Entonces la pregunta es ¿cómo hicieron los primeros pobladores para generar todos esos yacimientos en tan poco tiempo? La respuesta es que deben haber llegado antes, en el período entre 30 y 20 mil años atrás. Uno de los métodos de dispersión más aceptados es que lo hicieron por las costas, y hacia adentro.

Actualmente, algunos científicos analizan en Argentina el Poblamiento de América desde una visión multidisciplinar. No sólo se estudian los restos arqueológicos, sino la comparación de restos óseos, los estudios genéticos, y hasta modelos por computadora.

EN UNOS 6 MIL AÑOS

Estudios realizados por investigadores del Departamento de Física de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (UBA) determinaron, por diversos métodos, que en unos 6 mil años se podría haber poblado todo el continente. ¿Cómo?

“Las Américas, y especialmente América del Sur, son las últimas masas continentales ocupadas por el Homo sapiens a lo largo de la historia”, dice José Luis Lanata, director del Departamento de Ciencias Naturales y Antropológicas del Centro de Estudios Biomédicos, Biotecnológicos, Ambientales y Diagnóstico (Cebbad) y docente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

Para conocer la forma en que se fueron dispersando por el continente hasta regiones tan aisladas como el Amazonas, los investigadores realizaron simulaciones por computadora. Esto introdujo una novedad: que el modelo de dispersión fue diferente al que tuvo lugar en otras partes del mundo. Se dieron crecimientos demográficos mucho más rápidos de lo que se pensaba.

Este aumento de población motivaba el desplazamiento. En regiones como México, Guatemala y El Salvador, hubo crecimientos veloces, lo que permitió no sólo una dispersión rápida hacia el sur, sino un reflujo con América del Norte. Esto en consonancia con otro estudio del investigador argentino Rolando González-José, en el que se dedujo que hubo varias corrientes pobladoras por la gran diferencia que hay en la forma del cráneo y el rostro de los diversos restos óseos que han sido descubiertos en yacimientos antiguos.

ARGENTINA: “CUNA DE LA HUMANIDAD”

La Argentina gozó por un tiempo del mote de “Cuna de la Humanidad”, cuando el paleontólogo Florentino Ameghino sostuvo en su libro La antigüedad del hombre en el Plata, publicado en 1878, que en las pampas argentinas estaba el origen del hombre. Por ese entonces, Ameghino estaba convencido de que América había sido el centro de la evolución de todos los mamíferos. Pero no pasaría mucho tiempo antes de que otros autores dejasen sin efecto sus teorías, basadas en reconstrucciones erróneas de huesos que ni siquiera eran tan antiguos.

¿Pero cómo se pobló el territorio de lo que hoy es Argentina? Un estudio reciente de científicos de la Universidad Nacional de Córdoba descubrió, gracias a la comparación de restos óseos, que las corrientes de población originarias de nuestro actual territorio llegaron por el noreste, por el territorio que comprende actualmente a las provincias de Misiones y Corrientes.

Así se movieron por la región costera este hasta la Patagonia y Tierra del Fuego. Un rebote de esta población del sur habría arribado luego a las Sierras Centrales y la región de Cuyo. Se cree que esto ocurrió hace por lo menos unos 13 mil años.

NO BUSCABAN COLONIZAR SINO VIVIR MEJOR

La pregunta del millón es: ¿por qué? ¿Qué hizo que los cazadores recolectores de Asia se aventurasen a territorio desconocido a colonizar un continente? ¿Y qué los motivó a seguir, y seguir, hasta llegar a Tierra del Fuego? Lo cierto es que los primeros americanos, que en realidad eran algún grupo de siberianos, tuvieron que recorrer grandes distancias a pie desde Siberia, cruzar el puente de Beringia, luego recorrer las costas y adentrarse en territorios desconocidos.

Al leer estas teorías se puede pensar que esos primeros americanos iban a pie siguiendo a un líder, explorando. Pero una migración es algo muy complejo. Esos pioneros no sabían que eran pioneros, ellos no tenían noción de que no había otros seres humanos delante de ellos. Tampoco imaginaban que había un inmenso continente por delante. Ellos sólo veían la región “de aquí cerca”.

Las razones que provocan el desplazamiento de las poblaciones de cazadores recolectores suelen ser dos: seguir a su alimento, es decir, a las manadas de animales salvajes; o porque las cosas en casa no van bien, ya sea por condiciones climáticas adversas, escasez de alimentos, o alguna otra razón, que los hace buscar un territorio más propicio para desarrollarse. Si el del oeste está ocupado, vamos más al este. Así lo fueron haciendo diversas poblaciones a lo largo de estaciones, años y siglos. A medida que esas poblaciones a su vez se dividían, iban colonizando, dividiéndose y poblando nuevos territorios.

No pretendían colonizar nuevas tierras, sino que iban en busca de lugares más apacibles. Alguna manada de ciervos, que por lo general formaban parte de sus dietas, solía hacer lo mismo: se desplazaban en busca de regiones menos frías o con mejores pasturas.

Si se analiza la historia general del ser humano desde los primeros representantes de nuestro género Homo, pareciera que tenemos una compulsión a movernos. De Africa han salido todas las especies de nuestro género, la nuestra, la última. Esto también podría explicar las migraciones sin necesidad de recurrir al clima, problemas de acceso a la tierra, o guerras. Siempre hay alguno que quiere buscar la novedad, más de uno de esos aventureros habrá sido acompañado por su pueblo. Tal vez uno de ellos pudo ser el que guió a los primeros americanos.

Quién sabe.


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19 may 2009

Evolución de la religión

Evolución de la religión

Si eres de los que creen que la religión es un conjunto de creencias, entonces es momento de pararte a pensar cómo y por qué se creó la religión, especialmente sabiendo la inmensa cantidad de religiones que hay que no comparten las mismas creencias.

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Una idea es que la religión surgió relacionada con la evolución, que la religión ofrecía una ventaja a la supervivencia, aunque lo más lógico sería que usamos la religión para explicar cosas que, si no fuera por esas creencias, no tendrían explicación (al menos conocida). Ahora conocemos muchas cosas, pero antes no se sabía el por qué de las estrellas del cielo, las tormentas, las enfermedades y la muerte.

“La gente religiosa habla de cosas que no pueden ser vistas, historias que no pueden ser verificadas y fuerzas y seres más allá de lo ordinario. Tal vez realmente esos dioses estén trabajando, o tal vez está en la naturaleza humana el tener un impulso hacia la religión. Si es así, tendría que haber sobrevivido a la selección natural”, dijo James Dow de la Universidad de Oakland.

Gracias a simulaciones con ordenador para tratar de responder a cómo un sistema consigue tener éxito siendo “falso” o, al menos, no verificable, Dow ha dictaminado que la religión existe porque beneficia al individuo. Revela un proceso de selección que puede incrementar capacidades genéticamente heredadas para comunicar información no verificable.

A medida que la ciencia va avanzando, la religión va pasando a un segundo plano, hasta el punto de que cada vez la gente es menos creyente, o más creyente pura, es decir, creer en algo, o alguien que creó todo, pero que no vela por cada uno de nuestros actos.


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